Nada de lo que hacemos o decimos se pierde en el vacío. El aire está lleno del pensamiento de todos. Almafuerte. (1854-1917)

martes, 12 de mayo de 2020

Futuro perfecto (Relato)


Nunca había leído un libro, su escaso tiempo no se lo permitía, tampoco le interesaba y le resultaba una pérdida de tiempo, pasar las horas pensando en algo que había creado otra persona.
En la escuela le enseñaron ciencia, no tonterías. Ciencia demostrable y aplicable: sabes o no sabes. Produces o no produces. Los tiempos no estaban para el arte. Eso que está en los museos y que experimentaba gente de otra época. Hoy la vida es más fácil. ¿O fue ayer?
Armando apenas recordaba su historia, su trabajo, su mujer, sus hijos…
Sentándose en el sillón anatómico se conectó a sus vivencias. Se colocó el casco virtual y rememoró una vida que no sabía si era la suya, pero que a su edad le servía para sentir alguna emoción. Eso le hacía estar vivo espiritualmente,  porque a su cuerpo le quedaba mucho tiempo, quizás demasiado. Llegado el momento recurriría al plan E eutanasia.
De momento esas gafas le llevaron al lugar donde nació. Si quería, podría ir incorporando personajes virtuales con nombre propio. Así, les dio paso a sus amigos de infancia. Ese día quería estar con ellos y los veía a todos enganchados a una tableta, comunicándose, pero sin soltar palabra. No le gustaba, aunque en aquellos tiempos él pensaba de otra forma.
¿Qué fue de Caty y de los niños? Ella decidió irse, acogiéndose al plan E. Demasiado sensible para este mundo. Los niños…,  ni se sabe. Pasado el tiempo lo ingresaron en la Estancia permanente, donde llevaban a las personas que ponían en duda el sistema, o que resultaban ser un estorbo para los demás.  Estaba atendida por robots con forma humana. Uno para cada persona, con la cara de su madre o de sus hijos. Cada cual tenía sus preferencias. Algunos optaban por una chica o chico de buenas proporciones. Todo al gusto.
-Buenos días Armando –Dijo una voz amable-
-Tú siempre igual. Programada para agradar, para quitar el puesto de trabajo a alguien que aportaría un gesto de humanidad. ¡Déjame!
- ¿Has pasado buena noche?
-Tu amabilidad me exaspera. Trae las pastillas y déjame estar.
-Como desees Armando. Dijo la voz metálica sugerente, que emitía la forma de supermodelo.
Su mente científica, no le dejaba especular en nada que no fuese racional. Si no se demuestra, nada existe, decía. Pero ya no lo pensaba. El vacío que tenía su alma era tal que no encontraba una razón para vivir. Aunque lo tenía todo, menos lo necesario.
La hora de comer llegó y se acercaban a los comederos inteligentes programados. Imposible cambiar de dosis ni de ración. El reconocimiento facial de la máquina era suficiente para conocer las carencias y necesidades del ingresado. Después de la comida una caminata por el jardín artificial. Este rememoraba los antiguos parques de las ciudades con sus sonidos de pájaros y niños jugando. Conforme andaba iba cambiando el aspecto: atardecer, noche, primavera o verano. A Armando le gustaba la nieve, la sensación de frío de hacía sentir vivo. Le recordaba su vida pasada.
No había nadie paseando por allí, esta vez. De cuando en cuando,  le gustaba encontrarse con Rosa, la mujer cuya mirada le hacía sentir cosquilleo, a pesar de sus años.
-La tecnología no pudo cambiar la esencia de las personas. Aunque las pasiones no están bien vistas. Pensó en voz alta.
Rosa era una mujer que a escondidas leía poesía, e incluso conservaba algún  libro. Tenía fama de loca, por eso estaba allí. La mayoría de las veces la recluían porque soliviantaba a los demás con sus peroratas. A Armando le gustaba,  reconocía en ella algo distinto, algo que le emocionaba hasta el punto de ocultarlo. De ocultárselo a sí mismo. En cierta forma le trastornaba los pilares básicos de su vida. A él, que estaba allí por rebelde.
Ochenta  años de su vida, los había dedicado a organizar  congresos mundiales, promoviendo la creación de residencias robotizadas de estancia permanente. Creyó en un mundo perfecto, en el que no había nada que pensar, solo vivir. Cuando se dio cuenta del error ya era demasiado tarde.
                                                                Antonia Gómez Sousa