Plotino fue un filósofo neoplatónico nacido en el 204 d.C. Gracias a su afición por las artes, desarrolla el tema de la Belleza y la Estética como parte independiente de la Filosofía.
En sus tratados se menciona la luz, la simetría, las formas y los materiales. Pero si la para la filosofía griega la
simetría representaba la belleza, esa opinión era válida también para la obra
de arte. Plotino se pregunta ¿Cómo
puede un rostro simétrico aparecer unas veces bello y otra carente de belleza? La respuesta lo lleva a rechazar la simetría como concepto de belleza. Dice que si la simetría es realmente la esencia de la belleza solo puede ser
hermoso un todo compuesto de partes individuales, mientras que las partes o
elementos individuales no lo son, ya que carecen de partes. Por tanto, no
poseen una relación interna. Su conclusión es que la belleza es
simple, no compuesta, y de ahí no puede ser definida de forma precisa.
La belleza “es
algo que se percibe a primera vista, algo que el Alma reconoce como si la
conociera de antiguo e identificándola forma unión con ella. Pero deja que el
Alma se hunda en la Fealdad y enseguida se retraerá, rechazará el objeto, se
apartará de él disconforme, ofendida”.[1] A
la Belleza la diferenciamos porque posee una naturaleza similar a la del Alma.
El nuevo énfasis puesto en el artista y en el espectador en la
expresión, más que en la estructura mensurable, discurre paralelamente a la
importancia que se concede a los “efectos pictóricos” de luminosidad, color y
brillantez. [2]
Estas ideas nuevas darán lugar a una evolución en el mundo del arte y del pensamiento. Incluso algunas de sus intuiciones fueron explotadas por el cristianismo que tomó su teoría en cuanto al poder de las imágenes.
Plotino pensaba que sin ellas el mundo
visible de los dioses desaparecería de la vista de los hombres, así las imágenes
fueros rescatadas del descrédito en que Platón las había sumido. “Las imágenes eran necesarias para ver lo que no se podía descubrir a simple vista. Por medio de ellas, realidades lejanas
alcanzaban a reflejarse en la tierra y ofrecer a los hombres su rostro
bondadoso.” (…) La creencia en lo
invisible, se sostenía gracias a la presencia de imágenes.” (…) “El retrato era el arma que los dioses tenían
ahora para alentar a la humanidad.”[3]